Sus nombres se nos escapan
Dibujar la naturaleza, tanto dentro como fuera del Museo, persigue fomentar una nueva forma de repensar la relación con la naturaleza, implicando a niños, jóvenes y familias en un ejercicio creativo y transformador que los lleve a repensar su relación y su amor por el entorno. El dibujo se convierte en un espacio de resistencia, de aprendizaje y de cuidado, donde la imaginación actúa como fuerza para el cambio.
Archivo de naturaleza dibujada dentro y fuera del Museo
El dibujo al aire libre se convierte en un instrumento para reconectar con la naturaleza. Dibujar en medio del bosque, o entre las grietas de una acera, permite contemplar la naturaleza desde la lentitud y la atención. Cualquier rincón —un jardín urbano, un terreno baldío, un árbol solitario— puede ser una fuente de observación y conexión. El dibujo se transforma en una práctica para calmar la mente, activar la creatividad y descubrir lo que permanece oculto a nuestra mirada rápida y urbana.
Pero el Museo puede ser una extensión de esta propuesta: un espacio en el que ha entrado la naturaleza, donde esta se expresa y se manifiesta a través de obras pictóricas, escultóricas y fotográficas de diferentes artistas y momentos históricos que también se han fijado en las cosas pequeñas, en las plantas silvestres, en los árboles silenciosos que dan sombra a los guerreros más valientes, o en las flores sensuales que excitan a las parejas enamoradas. Dibujar las especies vegetales que los artistas han observado dentro del Museo es dibujar una memoria colectiva de especies, abriendo un diálogo entre la cultura y medioambiente.
Dentro o fuera del Museo, el dibujo de la naturaleza nos recuerda que el mundo vegetal no es solo un fondo escénico, sino base esencial de la vida, y que la creatividad es una herramienta poderosa para volver a mirar, nombrar y respetar las formas de vida con las que compartimos el planeta.